VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS (Mt 11,28-30)

VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS (Mt 11,28-30)

La pandemia del Covid también ha afectado a nuestro vocabulario y maneras de expresarnos. Junto a gestos, símbolos o iniciativas de comunicación que respeten las recomendaciones de protección personal, han aparecido nuevos conceptos o nuevos nombres para viejos conceptos relacionados con el estado físico, mental y espiritual de las personas. Uno de estos conceptos es el de «fatiga pandémica«.   

Entendemos por «fatiga pandémica» el conjunto de sensaciones, experiencias, pensamientos o sentimientos -con sus consecuencias- que derivan de una hipervigilancia ante una situación nueva y de alto riesgo para la persona, que en este caso se trata de una pandemia mundial. Los niveles de alerta físicos y psíquicos suben, el estrés aumenta para poner en alerta el sistema inmunitario de nuestro cuerpo y las posiciones defensivas se activan. Nos ocurre con más frecuencia de lo que parece, ante cualquier circunstancia o experiencia que pone en riesgo nuestra forma de entender el día a día, nuestra «normalidad», sin representar un peligro grave para la persona siempre que se mantenga por el espacio de tiempo e intensidad adecuados.

El problema nace cuando el tiempo que dura la causa de nuestro «estrés» se prolonga mucho y además va acompañado de una intensidad desconocida. Mucho tiempo y mucha intensidad derivan en situaciones que pueden ser límite para las personas y aparece la fatiga, el cansancio, la angustia y, en último término, consecuencias más terribles.

Los datos en la situación actual nos hablan de esta fatiga como una realidad evidente en todas las etapas de la vida humana: adultos, niños, adolescentes, ancianos. El miedo, la alerta continua, la ausencia de recursos personales, la inexperiencia, un entorno familiar o laboral poco favorable acentúan esta sensación  y la evidencian día a día.

No es este un blog de psicología o de terapia emocional, pero tampoco puede ser algo ajeno a lo que vivimos las personas. Sin intención de dar soluciones mágicas sí, en cambio, nos podemos plantear si el hecho de ser creyentes, de ser cristianos, puede ayudarnos a vivir esta crisis planetaria y sus consecuencias con realismo, fortaleza y esperanza. Y estamos convencidos de que es así.

Si a algo fue sensible especialmente Jesús de Nazaret fue al sufrimiento de las personas de su alrededor, fuese cual fuese la causa de ese dolor. Jesús atiende las necesidades de la gente, les escucha, como a aquellos que querían un milagro para el paralítico (Lc 5,17-26), o ante el hambre que sentía la muchedumbre que le escuchaba (Mt 14,13-22); el dolor del alma de la samaritana (Jn 4,5-43), o ante el sinsentido de la muerte de su amigo (Jn 11,28-44). Jesús no es ajeno al dolor y el sufrimiento; especialmente perspicaz ante el dolor que brota del interior y que tiene habitualmente una cura más complicada. Llora, se entristece, se comporta con ternura, con cercanía. La humanidad De Dios en Jesús rebosa en las relaciones con los demás.

En una ocasión, casi sin razón evidente más que la gente que le seguía y encontraban en su compañía y en sus palabras consuelo y ánimo, Jesús dirige unas palabras claras y directas, sin tapujos, describiendo la realidad como es, también dolorosa, ausente, vacía, sin esperanza. No se para ahí y cambiando el tono de su voz -podemos imaginar la escena, casi sentirla en primera persona- añade: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Palabras directas al corazón, sencillas y tiernas, tranquilizadoras y esperanzadas. Claro que hay fatiga y dolor, pero hay consuelo, hay esperanza. La fe que explica nuestro seguimiento cristiano, es la misma que entiende este tipo de consuelo. Interior y profundo, que calma y llena de esperanza los corazones doloridos y agotados. Jesús entiende nuestra fatiga, nuestra lucha, nuestro día a día «pandémico», y ofrece su mano, su confianza en Dios, su espalda para caminar, sus brazos para sostenernos. Y sin ser un consuelo vago o espiritualoide, se transforma en el creyente en una esperanza diferente, en una confianza ciega en el Padre Bueno que alivia el cansancio del alma y el peso del yugo, en una actitud de vida frente a lo que experimenta día a día, también en medio de una pandemia.

Un hermoso relato que seguramente muchos hemos escuchado y que nos puede ayudar a entender mejor esta experiencia como cristianos de a pía, es la que os dejamos a continuación. Una invitación a soñarlo también, transformado en una oración que del cansancio y el agobio, llega a la confianza y la fe.

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Una noche soñé que caminaba por la playa con Dios. Durante la caminata, muchas escenas de mi vida se iban proyectando en la pantalla del cielo.

Con cada escena que pasaba notaba que unas huellas de pies se formaban en la arena: unas eran las mías y las otras eran de Dios.

A veces aparecían dos pares de huellas y a veces un solo par. Esto me preocupó mucho porque pude notar que, durante las escenas que reflejaban las etapas más tristes de mi vida, cuando me sentía apenado, angustiado y derrotado, solamente había un par de huellas en la arena. Entonces, le dije a Dios:

“Señor, Tú me prometiste que si te seguía siempre caminarías a mi lado. Sin embargo, he notado que en los momentos más difíciles de mi vida, había sólo un par de huellas en la arena. ¿Por qué, cuándo más te necesité, no caminaste a mi lado?.

Entonces Él, con un rostro tierno, me respondió:

“Querido hijo. Yo te amo infinitamente y jamás te abandonaría en los momentos difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas es porque yo te cargaba en mis brazos…”.

(Anónimo)

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